Presidente John F. Kennedy
Washington, D.C.
10 de junio de 1963

Presidente Anderson, miembros del profesorado, consejo directivo, distinguidos invitados, mi antiguo colega, el senador Bob Byrd, quien obtuvo su título después de varios años de asistir a la escuela de derecho vespertina, mientras que yo obtendré el mío en los próximos 30 minutos, señoras y señores:

Me siento muy orgulloso de participar en esta ceremonia de American University, subvencionada por la Iglesia Metodista, que fundó el Obispo John Fletcher Hurst e inició el presidente Woodrow Wilson en 1914. Es una universidad joven y en crecimiento, pero que ya ha cumplido con la esperanza ilustrada del Obispo Hurst de estudiar la historia y los asuntos públicos en una ciudad dedicada a hacer historia y a llevar a cabo la gestión pública. Al respaldar a esta institución de enseñanza superior para todos quienes desean aprender, sin importar su color ni su credo, los metodistas de esta zona y del país merecen el agradecimiento de la nación, y felicito a todos los que hoy se gradúan.

El profesor Woodrow Wilson una vez afirmó que todos los hombres que salen de una universidad deben ser hombres de su país, así como también hombres de su época. Estoy seguro de que los hombres y mujeres que tienen el honor de graduarse de esta institución seguirán dedicando sus vidas y sus talentos en gran medida al servicio y respaldo público.

"Hay pocas cosas terrenales más hermosas que una universidad", escribió John Masefield en su tributo a las universidades inglesas, y sus palabras son igual de verdaderas en la actualidad. No se refería a los chapiteles y las torres, ni a los prados y los muros cubiertos de hiedra de los campus. Admiraba la espléndida belleza de la universidad, afirmó, porque era “un lugar donde quienes desprecian la ignorancia pueden esforzarse por saber, donde quienes perciben la verdad pueden esforzarse por hacer que otros la vean”.

En consecuencia, elegí este momento y este lugar para analizar un tema sobre el que con demasiada frecuencia abunda la ignorancia y la verdad se percibe en contadas ocasiones, a pesar de ser el tema más importante en la tierra: la paz mundial.

¿A qué clase de paz me refiero? ¿Qué clase de paz buscamos? No la paz estadounidense impuesta al mundo por las armas de guerra estadounidenses.

No la paz de la tumba ni la seguridad de la esclavitud. Estoy hablando de una paz genuina, del tipo de paz que hace que valga la pena vivir la vida en la tierra, el tipo que permite a hombres y naciones crecer, tener esperanzas y construir una mejor vida para sus hijos. No simplemente paz para los estadounidenses, sino paz para todos los hombres y mujeres; no simplemente para nuestro tiempo, sino paz para todos los tiempos.

Hablo de paz debido al nuevo rostro de la guerra. La guerra total no tiene sentido en una era en que las grandes potencias pueden mantener fuerzas nucleares grandes y relativamente imbatibles, y negarse a rendirse sin recurrir a esas fuerzas. No tiene sentido en una era en que una única arma nuclear contiene casi diez veces la fuerza explosiva liberada por todas las fuerzas aéreas aliadas en la Segunda Guerra Mundial. No tiene sentido en una era en que los venenos mortales producidos por un intercambio nuclear serían arrastradas por el viento, las aguas, el suelo y las semillas hasta los confines más lejanos del planeta y hasta generaciones por nacer.

En la actualidad, el gasto anual de miles de millones de dólares en armas adquiridas con el fin de asegurarnos de que nunca tengamos que usarlas es esencial para mantener la paz. Pero, sin duda alguna, la adquisición de tales reservas inactivas, que únicamente pueden destruir y jamás crear, no es el único medio, ni mucho menos el más eficiente, para asegurar la paz.

Por lo tanto, hablo de paz como el fin necesario y razonable de hombres razonables. Me doy cuenta de que la búsqueda de la paz no es tan espectacular como la búsqueda de la guerra, y con frecuencia las palabras de quien la busca llegan a oídos sordos. Pero no tenemos otra tarea más apremiante que esta.

Algunos afirman que es inútil hablar de paz mundial o ley mundial o desarme mundial, y que será inútil hasta que los líderes de la Unión Soviética adopten una actitud más ilustrada. Espero que lo hagan. Creo que podemos ayudarlos a que lo hagan. Pero también creo que debemos volver a analizar nuestra actitud, como personas y como país, porque nuestra actitud es tan esencial como la de ellos. Y cada graduado de esta escuela, cada ciudadano considerado que no tiene esperanzas en la guerra y desea traer la paz, debe comenzar por mirar hacia dentro. Debe examinar su propia actitud hacia las posibilidades de paz, hacia la Unión Soviética, hacia el desarrollo de la guerra fría y hacia la libertad y la paz aquí en casa.

Primero: examinemos nuestra actitud hacia la paz en sí. Muchos de nosotros creemos que es imposible. Demasiados creen que es irreal. Pero esa una creencia peligrosa y derrotista. Lleva a la conclusión de que la guerra es inevitable, de que la humanidad está condenada, de que somos presa de fuerzas que no podemos controlar.

No tenemos que aceptar ese punto de vista. Nuestros problemas son provocados por el hombre, por lo tanto, pueden ser resueltos por el hombre. Y el hombre puede ser tan grande como lo desee. Ningún problema del destino humano está más allá de los seres humanos. La razón y el espíritu del hombre con frecuencia han resuelto lo aparentemente imposible de resolver, y creemos que pueden hacerlo nuevamente.

No me refiero al concepto absoluto e infinito de paz y buena voluntad con el que algunos fantasean y los fanáticos sueñan. No niego el valor de las esperanzas y los sueños, pero al hacer de ellos nuestras únicas metas inmediatas solo invitamos al desaliento y la incredulidad.

En cambio, concentrémonos en una paz más práctica y alcanzable, basada no en una revolución repentina de la naturaleza humana, sino en la evolución gradual de las instituciones humanas: en una serie de acciones concretas y acuerdos eficaces que busquen el bien de todos los involucrados. No existe una clave única y sencilla para lograr esta paz, ni una gran fórmula mágica que puedan adoptar una o más potencias. La paz auténtica debe ser el producto de muchas naciones, la suma de muchos actos. Debe ser dinámica, no estática, cambiante para enfrentar el desafío de cada nueva generación. Porque la paz es un proceso, una forma de resolver los problemas.

Con una paz así, de todos modos se producirán altercados y habrá intereses en conflicto, como los hay en las familias y los países. La paz mundial, al igual que la paz comunitaria, no requiere que cada hombre ame asu vecino, requiere solamente que vivan juntos en mutua tolerancia, sometiendo sus conflictos a un arreglo justo y pacífico. Y la historia nos demuestra que las enemistades entre países, como entre personas, no duran para siempre. Sin importar lo invariables que puedan parecer nuestras preferencias y aversiones, la marea del tiempo y los acontecimientos a menudo traen cambios sorprendentes en las relaciones entre los países y sus vecinos.

Por lo tanto, perseveremos. La paz no tiene que ser imposible de alcanzar y la guerra no tiene que ser inevitable. Al definir nuestro objetivo con más claridad, al hacerlo parecer más asequible y menos lejano, podemos ayudar a que las personas lo vean, que obtengan esperanzas de él y avancen de forma inevitable hacia él.

Segundo: volvamos a analizar nuestra actitud hacia la Unión Soviética. Es desalentador pensar que sus líderes realmente pueden creer lo que escriben sus propagandistas. Es desalentador leer un reciente texto soviético acreditado sobre estrategia militar y descubrir, página tras página, afirmaciones completamente carentes de fundamento e inverosímiles, como la aseveración de que “los círculos imperialistas estadounidenses se están preparando para desencadenar distintos tipos de guerras, que hay una amenaza muy real de que los imperialistas estadounidenses desaten una guerra preventiva contra la Unión Soviética, [y de que] los objetivos políticos de los imperialistas estadounidenses son esclavizar económica y políticamente a los países europeos y otros países capitalistas, [y] lograr el dominio del mundo por medio de guerras agresivas".

Realmente, como se escribió hace mucho tiempo: "Huye el impío sin que nadie lo persiga". Sin embargo, es triste leer estas afirmaciones soviéticas ydarse cuenta de la magnitud del abismo entre nosotros. Pero también es una advertencia, una advertencia al pueblo estadounidense de no caer en la misma trampa que los soviéticos, de no tener solamente una visión distorsionada y extrema del otro lado, de no ver el conflicto como inevitable, los acuerdos como imposibles ni la comunicación como nada más que un intercambio de amenazas.

Ningún gobierno ni sistema social es tan malvado como para considerar asu pueblo como carente de virtud. Como estadounidenses, el comunismo nos parece profundamente repulsivo como una negación de la libertad y la dignidad personal. Pero de todas maneras podemos aclamar al pueblo ruso por sus muchos logros: en las ciencias y el espacio, en el crecimiento económico e industrial, en la cultura y en actos de valentía.

Entre los muchos rasgos que las personas de los dos países tienen en común, ninguno es más fuerte que nuestro aborrecimiento de la guerra. Somos casi las únicas principales potencias del mundo que nunca han estado en guerra entre ellas. Y ningún país en la historia de las batallas sufrió más que lo que sufrió la Unión Soviética durante la Segunda Guerra Mundial. Al menos, 20 millones perdieron sus vidas. Una cantidad innumerable de millones de hogares y granjas fueron quemadas o saqueadas. Un tercio del territorio del país, incluidos casi dos tercios de su base industrial, se convirtió en terreno baldío, una pérdida equivalente a la devastación de este país de Chicago hacia el este.

En la actualidad, si la guerra total volviera a estallar, sin importar cómo, nuestros dos países se convertirían en los blancos principales. Es un hecho irónico, pero preciso, que dos de las potencias más fuertes son las dos que están en mayor peligro de devastación. Todo lo que hemos construido, todo por lo que hemos trabajado, sería destruido en las primeras 24 horas. Eincluso en la guerra fría, que trae cargas y peligros a tantas naciones, incluidos los aliados más cercanos de este país, nuestros dos países acarrean las cargas más pesadas. Porque ambos estamos dedicando enormes sumas de dinero a armas que podrían usarse mejor para combatir la ignorancia, la pobreza y las enfermedades. Ambos estamos atrapados en un círculo vicioso y peligroso en el que la sospecha de un lado engendra sospecha en el otro ynuevas armas generan armas contra esas armas.

En resumen, los Estados Unidos y sus aliados, y la Unión Soviética y sus aliados, tienen un profundo interés mutuo en una paz justa y auténtica, y en detener la carrera armamentista. Los acuerdos con este fin son tanto por el bien de la Unión Soviética como por el nuestro, y se puede confiar incluso en los países más hostiles para que acepten y mantengan aquellas obligaciones de los tratados, y solamente esas obligaciones de los tratados, que son para su propio beneficio.

Así es que no ignoremos nuestras diferencias, pero también dirijamos la atención a nuestros intereses comunes y a los medios por los cuales se pueden resolver esas diferencias. Y si no podemos poner fin a nuestras diferencias ahora, por lo menos podemos ayudar a que el mundo sea seguro para la diversidad. Porque, a fin de cuentas, el vínculo más básico que tenemos en común es que todos vivimos en este pequeño planeta. Todos respiramos el mismo aire, todos valoramos el futuro de nuestros hijos ytodos somos mortales.

Tercero: examinemos nuevamente nuestra actitud hacia la guerra fría, sin olvidar que no estamos participando en un debate para ganar puntos. No estamos aquí para determinar culpas ni apuntar con el dedo acusador. Debemos ocuparnos del mundo tal como es y no como podría haber sido si la historia de los últimos 18 años hubiera sido distinta.

Por consiguiente, debemos perseverar en la búsqueda de paz con la esperanza de que cambios constructivos en el bloque comunista puedan traer soluciones que ahora nos parecen fuera de nuestro alcance. Debemos llevar a cabo nuestros asuntos de tal manera que para los comunistas sea beneficioso acordar una paz auténtica. Por sobre todo, mientras defendemos nuestros intereses fundamentales, las potencias nucleares deben evitar las confrontaciones que puedan llevar a un adversario a tener que elegir entre una retirada humillante o una guerra nuclear. Adoptar ese tipo de camino en la era nuclear sería prueba solamente del fracaso de nuestra política o de un deseo de muerte colectiva para el mundo.

Para garantizar estos fines, las armas de Estados Unidos no son provocadoras, están cuidadosamente controladas, son diseñadas para disuadir y tienen la capacidad de usarse selectivamente. Nuestras fuerzas militares están comprometidas con la paz y están disciplinadas para el dominio de sí mismas. Nuestros diplomáticos tienen órdenes de evitar las molestias innecesarias y la hostilidad meramente retórica.

Porque podemos buscar reducir la tensión sin bajar nuestra guardia. Y,por nuestra parte, no necesitamos usar amenazas para demostrar que somos decididos. No necesitamos interrumpir transmisiones extranjeras por miedo de que nuestra fe se vea disminuida. No estamos dispuestos a imponer nuestro sistema a cualquier pueblo reticente, pero sí estamos dispuestos y preparados para participar en una competencia pacífica con cualquier pueblo de la tierra.

Mientras tanto, nuestro objetivo es fortalecer las Naciones Unidas, ayudar a solucionar sus problemas financieros, convertirla en un instrumento de paz más eficaz, desarrollarla para que sea un sistema legítimo de seguridad mundial, un sistema capaz de resolver los conflictos sobre la base del derecho, de garantizar la seguridad de grandes y pequeños países, y de crear las condiciones en las cuales las armas puedan finalmente abolirse.

Al mismo tiempo, buscamos mantener la paz dentro del mundo no comunista, en el que muchas naciones, todas ellas amigos nuestros, están divididas por problemas que debilitan la unidad de Occidente, que invitan a la intervención comunista o que amenazan estallar en guerras. Nuestros esfuerzos en Nueva Guinea Occidental, en el Congo, en el Medio Oriente y en el subcontinente indio han sido persistentes y pacientes, a pesar de la crítica de ambos sectores. También hemos intentado dar un ejemplo a otros al intentar solucionar pequeñas, pero significativas diferencias con nuestros vecinos más cercanos en México y Canadá.

Hablando de otros países, me gustaría dejar algo en claro. Estamos unidos a muchos países por medio de alianzas. Estas alianzas existen porque nuestro interés y el de ellos coinciden significativamente. Por ejemplo, nuestro compromiso de defender a Europa Occidental y Berlín Occidental se mantiene incólume gracias a la identidad de nuestros intereses primordiales. Estados Unidos no hará ningún trato con la Unión Soviética a costa de otros países y otros pueblos, no solo debido a que son nuestros socios, sino también porque sus intereses y los nuestros convergen.

Sin embargo, nuestros intereses convergen no solamente en la defensa de las fronteras de la libertad, sino en la búsqueda de los caminos de la paz. Anhelamos, y es el propósito de las políticas aliadas, convencer a la Unión Soviética de que también permita que cada nación elija su propio futuro, siempre que esa elección no interfiera con las elecciones de los otros. El impulso comunista de imponer su sistema político y económico a otros es la principal causa de la tensión mundial que existe en la actualidad. Porque no debe caber duda alguna de que, si todos los países se abstuvieran de interferir en la autodeterminación de otros, la paz estaría mucho más garantizada.

Esto requerirá un nuevo esfuerzo para lograr una ley mundial, un nuevo contexto para los debates en el mundo. Requerirá un mayor entendimiento entre los soviéticos y nosotros. Y un mayor entendimiento requerirá más comunicación y contacto. Un paso en esta dirección es el acuerdo propuesto para crear una línea directa entre Moscú y Washington, con el fin de evitar en ambos lados las demoras peligrosas, los malos entendidos y las malas interpretaciones de las acciones del otro que podrían producirse en un momento de crisis.

También hemos estado conversando en Ginebra acerca de las otras medidas iniciales para el control de armas diseñadas para limitar la intensidad de la carrera armamentista y para reducir los riesgos de que se produzca una guerra accidental. Sin embargo, nuestro principal interés a largo plazo en Ginebra es el desarme general y absoluto, diseñado para llevarse a cabo en etapas, lo que permitirá que los progresos políticos paralelos creen nuevas instituciones para la paz que reemplazarían a las armas. La búsqueda del desarme ha sido un esfuerzo de este gobierno desde la década de 1920. Los tres últimos gobiernos intentaron conseguirlo con insistencia. E independientemente de lo débiles que sean hoy las posibilidades, pretendemos continuar con este esfuerzo, para que todos los países, incluido el nuestro, puedan comprender mejor cuáles son los problemas y las posibilidades del desarme.

La principal área de estas negociaciones, donde el fin está a la vista, aunque necesita desesperadamente un nuevo comienzo, es un tratado para declarar fuera de la ley las pruebas nucleares. La conclusión de tal tratado, tan cerca y, no obstante, tan lejos, controlaría la carrera armamentista que aumenta vertiginosamente en una de sus áreas más peligrosas. Pondría a las potencias nucleares en posición de ocuparse con más eficacia de uno de los mayores peligros que el hombre enfrenta en 1963: la gran propagación de las armas nucleares. Aumentaría nuestra seguridad y disminuiría las posibilidades de una guerra. Sin duda, esta meta tiene la importancia suficiente para requerir que vayamos tras ella continuamente, sin ceder ante la tentación de abandonar todos los esfuerzos ni ante la tentación de dejar de insistir en salvaguardas esenciales y responsables.

En consecuencia, aprovecho esta oportunidad para anunciar dos importantes decisiones con respecto a esto.

Primero: el Primer secretario Kruschev, el Primer ministro Macmillan y yo hemos acordado que pronto comenzarán conversaciones de alto nivel en Moscú para llegar a un primer acuerdo sobre un tratado integral de prohibición de pruebas. Nuestras esperanzas se deben contener con la cautela de la historia, pero junto con nuestras esperanzas están las esperanzas de toda la humanidad.

Segundo: con el fin de dejar clara nuestra buena fe y solemnes convicciones sobre la materia, declaro ahora que Estados Unidos no tiene la intención de realizar pruebas nucleares en la atmósfera, siempre que otros estados no lo hagan. No seremos los primeros en reiniciarlas. Esta declaración no sustituye un tratado formal obligatorio,no obstante, espero que nos ayude a alcanzar uno.Ni tampoco dicho tratado sustituiría el desarme,no obstante, espero que nos ayude a alcanzarlo.

Por último, mis conciudadanos estadounidenses, examinemos nuestra actitud hacia la paz y la libertad aquí en casa. La calidad y el espíritu de nuestra sociedad deben justificar y apoyar nuestros esfuerzos en el exterior. Debemos demostrarlo al dedicar nuestras propias vidas, como muchos de ustedes que hoy se gradúan tendrán la oportunidad única de hacerlo, a servir sin recibir un salario en el Cuerpo de Paz en el extranjero o en el Cuerpo nacional de servicio aquí en nuestro país.

Pero sin importar donde nos encontremos, en nuestra vida diaria, todos debemos vivir de acuerdo con la antigua creencia de que la paz y la libertad van de la mano. Actualmente, en muchas de nuestras ciudades, la paz no está garantizada porque la libertad no está completa.

Es responsabilidad del poder ejecutivo en todos los niveles del gobierno (local, estatal y nacional) brindar y proteger esa libertad para todos nuestros ciudadanos por todos los medios que le otorga su autoridad. Es responsabilidad del poder legislativo en todos los niveles, donde sea que tal poder no sea suficiente, hacer que sea suficiente. Y es responsabilidad de todos los ciudadanos en todos los lugares de este país respetar los derechos de todos los demás y respetar el derecho de la tierra.

Todo lo anterior está relacionado con la paz mundial. "Cuando los caminos del hombre son agradables al Señor", nos dicen las Sagradas Escrituras, "aun a sus enemigos hace que estén en paz con él". ¿Y acaso no es la paz, a fin de cuentas, básicamente una cuestión de derechos humanos, el derecho de vivir nuestras vidas sin temor a la devastación, el derecho de respirar aire tal como lo dispuso la naturaleza, el derecho de las generaciones futuras de vivir una existencia saludable?

Mientras seguimos velando por nuestros intereses nacionales, cuidemos también los intereses humanos. Y la erradicación de la guerra y las armas claramente es en bien de ambos. Ningún tratado, por muy beneficioso que sea para todos, por muy rigurosa que sea su redacción, puede brindar una protección absoluta contra los riesgos del engaño y la evasión. Pero, si se aplica con la eficacia suficiente y para el beneficio de sus signatarios, sí puede ofrecer mucha más seguridad y muchos menos riesgos que una carrera armamentista que no disminuye, que está fuera de control y que es impredecible.

Estados Unidos, como el mundo lo sabe, nunca comenzará una guerra. No queremos una guerra. No esperamos una guerra. Esta generación de estadounidenses ya ha tenido suficiente, más que suficiente, de guerra, odio y opresión. Estaremos preparados si otros la desean. Estaremos alerta para intentar detenerla. Pero también cumpliremos con nuestra obligación de construir un mundo de paz donde los débiles estén seguros y los fuertes sean justos. No estamos imposibilitados ante la tarea ni hemos perdido la esperanza en su éxito. Confiados y sin temor trabajamos, no para lograr una estrategia de aniquilación, sino para lograr una estrategia de paz.